Sólo Motel
Recuerdo que mientras él me miraba, parecía como si sus ojos fueran a salir como explotados de sus cuencas. Él no podía creerlo y por eso no parpadeaba. Sus manos estaban enlazadas como cuando hicimos nuestros votos de compañía, sólo que esta vez la atadura no era para conmigo sino con un gran árbol que estaba allí para servir de balcón.
Él no gritaba ya. Yo yacía en el piso y con actitud de espera cerré mis ventanas por un momento y sólo lo observé a él antes de apagarlos. Esperaba que si moría lo último que guardara mi mente como final fotografía de este mundo fuera su rostro poblado.
Apretaba mis dientes con tanta fuerza que sentía hundirse a esos amarillentos sujetadores de cigarrillo hasta unir las encías.
Así apretaba también mis ojos para atrapar las lágrimas y evitar que una inundación sentenciara mi muerte con su burla y luego con su ira.
Apretaba también mi oídos, para no oír sus risas; pero se hizo inevitable y cuando lo oí gritar, a él, dejé de apretar, y ya abiertos mi oídos, abrí también mi boca para tomar aliento nuevo y se abrieron mis ojos y entonces lo primero que hallé frente a ellos fue su arma casi tatuada a su cadera.
No dije nada. Tampoco lloré, jamás me resigné.
Se reía a carcajadas prometía cesesión sobre una propiedad que no era suya. Y, cuando cerró los ojos para regarse como un cerdo dentro de mi cueva invadida, tomé su arma, le sonreí... me miró y por primera vez pude ver el terror sembrado en sus ojos. No alcanzó a inundarme.
Todo sucedió tan rápido que ninguno reaccionó a tiempo y para cuando el uno intentaba no aterrarse y el otro buscaba amedrentarme con hacerle daño a él, yo, yo le disparé. Nunca había sentido tanto gozo y placer. Era como si los ellas hicieran galopar sus encabritadas y hermosas bestias entre mis venas recorriendo el camino de aquel de ocho patas. Era como si por vez primera, anillo en mano, fuera diosa... Decidí.

(imagen: Luis Royo)
Su sangre corrió por mi rostro y mientras sus sesos buscaban alcanzar una estrella, su cuerpo caía sobre el mío, yerto y con la cabeza destruída.
Me levanté tan rápido como pude y le disparé en una pierna para demostrarle que sus amenazas ya no tenían peso ni valor.
Pidió ser perdonado, pero en mi cuerpo ya no estaba yo. Mi alma había sido removida y mis huesos respondían a una nueva voz en la conciencia, mi carne de color cambió, aunque mi piel intacta quedó.
Le pregunté a él con dulzura, buscando su consentimiento o desaprobación, su orden: "Crees, que debe vivir?"
-No, preciosa.- contestó. y de nuevo, después de tantos minutos de terror, volví a ver esa sonrisa encantadora y con ella mi dedo se movió - "Upsss, perdón" - le dije, "¡no murió! jajajja que mala puntería tengo" él volvió a sonreír... yo volví para mirarlo fijamente a sus ojos, esos que amo y le dije: " sabes amor, un disparo en cada ojo para que cuando los encuentren no se refleje nuestra imagen en sus vidriosas miradas perdidas..."
Un ¡no! profundo, creo que dijo el moribundo, pero que va, él sonrió y su sonrisa era sentencia, juicio, aprobación.
Luego subimos al auto, y nos dijimos entre risas psicóticas: "De ahora en adelante nada de carretera, sólo motel".
Entramos a uno. Una ducha y luego al jacuzzi, un par de cervezas heladas... seis de una vez para evitar la peregrinación. Eran tantas las risas, fueron tantas las horas, más aún la cantidad de cervezas, pedidas en tandas de seis, que al salir revisaron la habitación... quizá los muertos nos vigilaban porque no pudieron terminar su tarea... Mi violación.






entuolvidoyomorire .. dijo
Ya ves que si, la mayoría (por no decir todas) son geniales. Me ha gustado la historia :)
Un saludo.
14 Junio 2009 | 03:35 PM