Uno se vive encontrando con los fantasmas que dejó en las calles sin dirección. En las bodegas abandonadas en las ciudades recién bombardeadas en las alcantarillas sin tapa, en los callejones sin salida, en las autopistas de seis carriles, en todas las ratas muertas... Uno se vive encontrando con los fantasma que no nacieron jamás paridos de los sueños frustrados, de las palabras no dichas, de las caricias no dadas, de las miradas atrapadas, de los besos que en los labios se secaron sin darse, de las noches frías en las que no se pudo hacer más que dormir. Uno se vive encontrando con los fantasmas que sembraron el odio en mis jardines en la lengua creadora de las luciérnagas, fantasmas de niebla, ocres azules, putrefactos sin sabor, sin nada; fantasmas de hule y sombras, de miedo y barbarie... Un día, Uno se acuesta y los encuentra encima de uno, sonriéndose, burlones y maléficos (Fredy Octavio Chona Brenda Abril)
Bajo del armario de tus recuerdos encuentro ganchos cargados de trajes tejidos por mi boca para tí; son hechos para verano; son hechos para invierno; otoño y primavera, los tejiste para mí.
Son estos ganchos fabricados del hueso metal, metal-tiempo que golpea cubiertos de mimbre piel, mimbre-espacio que con los años su color deja perder.
Se ven estos ganchos oxidados desgastados de tanto quitar y poner por las veces que has vestido con los recuerdos que te atan, que te liberan a la vez.
He venido en esta noche a bajarlos para vestir también con esos trajes hilados de seda rojo amor para el verano de lana blanco ternura para invierno, mi bien.
Ahora que los observo los encuentro viejos, cierto es; mas las puntadas están perfectas, mas la moda, aún es.
Pues los trajes que se han cosido, han sido fabricados con elegancia para la noches de gala con frescura para el camino manteniendo siempre vigencia y por esa vigencia he venido.
Guardaré luego de usarlos cada gancho en su lugar, para cuando vengas amor, no encuentres una camisa de algodón amarillo-nostalgia para el otoño el otoño, en el que tejes para mí, la tejiste desde tu ausencia y en un rinconcito de la habitación la he venido a desvestir. Por eso hoy, bajo del armario de tus recuerdos los ganchos cargados de trajes tejidos por mi boca para ti, he venido a vestirme con ellos he venido a dormir junto a ti.
El cuchillo sirvió de lápiz sobre la hoja de blanca tez. Lápiz sin carbón o tinte en la punta, pero que dibujaba una fina línea roja.
La Hoja desvirginizada en amatoria impresión, coronada por finos hilos dorados que le adornaban hermosamente, cambió de inmediato.
Al escribir en ella, ya no se veía tan hermosa. Más bien, daba escozor mirarla.
Además, producía un chillido rechinante que molestaba la armoníosa melodía de los pájaros cantores de aquella monísima mañana.
Ya no era un bello libro. Su prólogo se había echado a perder. Se había manchado de finas líneas rojas, una bajo la otra, cual pentagrama con notas repudiables, indomables.
Decidí bajar hacia la paginación, de ubicación centrada y tachar con la punta del lápiz hundido, una y otra vez hasta arrancar sus curvados y rojos números. Lograr también, obtener parte de la página del fondo y en ella, números de color blanco y rectos trazos.
Abriré mis brazos a la muerte, jamás para entregarme a ella como un día quise haberlo intentado. Por el contrario, los extenderé con la finalidad de sentirla, de acariciarla, de poseerla.
Quiero ver cómo sus oscuras cuencas se iluminan por el destello de una lágrima, cómo sus blanquesinos huesos se ruborizan ante mi candidez fingida, cómo su fría manta cobra tibieza ante la calidez de mi cuerpo.
Quiero se dueña de la muerte. Recorrer en el lomo de su caballo los caminos de este mundo, las trochas y senderos hasta las casas más escondidas.
Quiero ser dueña de la muerte. Sentarme a la orilla del mar y ver cómo la mañana despunta y cómo la noche tiende su manto sin importarme lo que pueda pasar.
Quiero ser dueña de la muerte. Ver cómo la luz se escapa de los ojos de aquellos pobres que caigan en sus manos por mis manos y robar su aliento para alimentarme de él.
Quiero se dueña de la muerte. Para sonreír al cielo y al infierno con la misma soltura y tranquilidad
Quiero ser dueña de la muerte. Para no sorprenderme de nada, para no intentar entender el por qué. Sólo dejar que todo pase una y otra vez.
Quiero ser dueña de la muerte. Señora una y mil veces. Sí mi Señor...
Quiero ser dueña de la muerte. Para que no mueras jamás.
Mi corazón se declara en franca rebeldía cuando me aconsejan que te olvide... yo quiero amarte... tú quieres que te ame??? me lo pregunto una y otra vez... siento miedo de una respuesta, siento miedo del silencio... pero ya ves... lo he preguntado... te quiero